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Cuando la ONU quedó cada vez más estancada, el mundo miró hacia un nuevo foro llamado Junta de Paz. ¿Es este el comienzo de un nuevo orden de paz global?
PinterPolitik.com
En los últimos años, una crítica a las Naciones Unidas (ONU) se ha vuelto más común: es demasiado grande para actuar con rapidez. En medio de conflictos cada vez más complejos (desde Ucrania hasta Gaza), la ONU a menudo parece estancada, atrapada en el tira y afloja de los vetos políticos y una larga burocracia. El mundo, en algún momento, empezó a preguntarse: ¿sigue siendo relevante la arquitectura de paz global diseñada después de la Segunda Guerra Mundial para afrontar las crisis del siglo XXI?
En medio de esta ansiedad, surgió una nueva iniciativa que desató un amplio debate: la Junta de Paz (BoP), un foro internacional iniciado por Estados Unidos como mecanismo de paz alternativo. Con su membresía limitada, su estructura concisa de toma de decisiones y su enfoque en resultados concretos, algunos pronto vieron a la BdP como una “nueva versión de las Naciones Unidas”. Otros lo acogieron como un experimento audaz para abordar un estancamiento de larga data en materia de gobernanza global.
La entrada de varios países importantes (entre ellos Indonesia) a la balanza de pagos indica que esta iniciativa no es sólo una charla. Se ha convertido en un verdadero escenario donde los países están empezando a probar nuevas formas de gestionar los conflictos globales. La cuestión ya no es si la balanza de pagos existirá, sino qué significará para el futuro del orden internacional.
¿Minilateralismo Wujud?
Por diseño, la Junta de Paz nació como una respuesta directa a las críticas al multilateralismo clásico. La ONU se fundó sobre el principio de universalidad: todos los países tienen voz. Sin embargo, en la práctica, este principio a menudo enfrenta paradojas. El Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo, suele quedar paralizado cuando chocan los intereses de las principales potencias. Nacen resoluciones, pero su implementación está estancada. Se confirman las normas, pero el conflicto continúa.
La balanza de pagos ofrece un enfoque diferente. Su membresía es limitada (alrededor de 60 países) con compromisos financieros y políticos claros. El objetivo no es construir legitimidad universal, sino más bien lograr la estabilización del conflicto y la reconstrucción de la posguerra de manera rápida y mensurable. En este marco, la balanza de pagos no pretende ser anti-ONU, sino más bien ser un complemento en una era de crisis de múltiples niveles, cuando la velocidad y la eficacia son necesidades urgentes.
Este enfoque está en línea con el concepto de minilateralismo, tal como lo analiza Moisés Naim. El minilateralismo parte del supuesto de que los grupos pequeños de Estados con recursos e intereses relevantes suelen ser más eficaces para resolver problemas específicos que los foros grandes, inclusivos pero lentos. En un mundo cada vez más volátil, este tipo de mecanismo es cada vez más “preferido”.
Curiosamente, esta lógica del minilateralismo tiene una resonancia filosófica mucho más antigua. Sócrates, en su clásica crítica de la democracia, cuestionó si un gran número de votos siempre produce las mejores decisiones. Según él, demasiadas opiniones pueden oscurecer la verdad y ralentizar la acción. La ONU, como foro multilateral universal, a menudo enfrenta un dilema similar: alta legitimidad, pero baja efectividad. La balanza de pagos parte de un supuesto diferente: que en ciertas situaciones, menos actores pueden significar más acción.
Otro aspecto que hace que la balanza de pagos sea significativa es el compromiso de Estados Unidos como principal iniciador. En la teoría de la estabilidad hegemónica, iniciada por Charles Kindleberger y desarrollada posteriormente por Robert Keohane, la estabilidad y eficacia de las instituciones internacionales depende en gran medida de la voluntad del Estado hegemónico de proporcionar liderazgo, recursos y garantías políticas. Cuando una potencia hegemónica se retira, las instituciones se debilitan. Por el contrario, cuando la potencia hegemónica está comprometida, las instituciones tienden a sobrevivir.
En el contexto de la balanza de pagos, Estados Unidos parece ser no sólo un patrocinador simbólico, sino un actor que quiere garantizar que el foro funcione. Este compromiso da una fuerte señal de que la BdP tiene el potencial de convertirse en un escenario importante en la gestión de conflictos globales en el futuro. Para otros países, incluida Indonesia, esta señal abre espacio para cálculos estratégicos racionales.
Es interesante leer la decisión de Indonesia de unirse, bajo el liderazgo del presidente Prabowo Subianto, dentro de este marco. Indonesia no entró como un seguidor pasivo, sino como una potencia media consciente de su posición. Hasta ahora, se sabe que Indonesia es coherente con el principio de una política exterior libre y activa: no vinculada a un bloque, sino activa en el mantenimiento de la paz. La balanza de pagos ofrece un nuevo espacio para traducir ese principio en el contexto de un mundo cambiante.
Entrar en la balanza de pagos significa entrar en un espacio de toma de decisiones más reducido, pero más influyente. Esto le da a Indonesia la oportunidad no sólo de expresar normas, sino también de participar en el seguimiento y la configuración de la implementación de políticas de paz, incluso en cuestiones delicadas como la reconstrucción posconflicto. En términos simples, Indonesia ya no está en el podio, sino que se sienta en la mesa donde se toman las decisiones operativas.
¿Hacia una nueva constelación geopolítica?
Además, la Junta de Paz puede leerse como un marcador de cambio de gravedad geopolítica: un cambio en el centro de gravedad de la gobernanza global. El mundo no ha abandonado por completo el multilateralismo universal, pero ha comenzado a complementarlo con foros estratégicos más flexibles. Esto no es una señal del colapso del orden internacional, sino más bien de su adaptación a nuevas realidades.
En este panorama, la posición de Indonesia se vuelve cada vez más atractiva. Indonesia no sólo es miembro de la BdP, sino también parte de los BRICS, un bloque que a menudo se considera que representa las aspiraciones del Sur Global y un mundo multipolar. Esta combinación da a Indonesia un amplio margen de maniobra: interactuar con iniciativas lideradas por Occidente, sin abandonar la participación en foros alternativos no occidentales.
El principio de libertad activa, en este contexto, adquiere nueva relevancia. Ya no se trata sólo de mantener la distancia, sino de elegir activamente el espacio adecuado para maximizar el impacto. La balanza de pagos brinda a Indonesia la oportunidad de desempeñar el papel de puente entre los países grandes y el mundo en desarrollo, entre la lógica de la estabilidad y las demandas de justicia, entre la eficiencia y la legitimidad.
Por supuesto, la Junta de la Paz no está exenta de riesgos. Los foros que son concisos y dependen del compromiso de los principales países siempre son vulnerables al cambio político. Sin embargo, ahí es precisamente donde reside el valor estratégico de la participación de Indonesia. Al estar dentro, Indonesia tiene la oportunidad de ayudar a garantizar que la orientación a resultados no se produzca a expensas de los principios, y que la estabilidad no desplace las aspiraciones a largo plazo de las comunidades afectadas por el conflicto.
En última instancia, es posible que la Junta de Paz no reemplace completamente a la ONU. Sin embargo, podría ser un laboratorio importante para nuevas formas de gestionar la paz global. Y si este impulso se aprovecha con cuidado, Indonesia tiene la oportunidad no sólo de ser testigo de los cambios en el orden mundial, sino también de ser un actor que determinará su dirección.



