Nuestra ética alimentaria en medio de la crisis climática

Yakarta (ANTARA) – Nuestro sistema alimentario soporta hoy el peso de una paradoja. Por un lado, seguimos impulsando la producción de alimentos para que sea suficiente para alimentar a toda la población.

Por otra parte, millones de personas todavía se enfrentan a la inseguridad alimentaria, mientras que cada año se desperdician millones de toneladas de alimentos. Entonces, Los esfuerzos para reducir el desperdicio de alimentos no son sólo una cuestión de ahorro, sino también de esfuerzos éticos y ecológicos. Cada grano de arroz que se desperdicia en realidad almacena agua, energía, fertilizantes y mano de obra que también se desperdician con él.

En opinión de muchas personas, dejar alimentos, que eventualmente se convierten en desperdicios, puede considerarse una cuestión trivial. Los datos del Ministerio de Medio Ambiente y Silvicultura, a través del Sistema Nacional de Información sobre Gestión de Residuos, muestran que la composición de los desechos de Indonesia todavía está dominada por los desechos orgánicos, con la porción de desperdicio de alimentos en la parte superior, alcanzando alrededor del 40 por ciento de la generación total de desechos en los últimos años.

Esto significa que casi la mitad de nuestra carga de desechos proviene de alimentos no consumidos. Cuando los desechos de alimentos se acumulan y se pudren en los vertederos, el proceso de descomposición anaeróbica produce gas metano, un gas de efecto invernadero que, en un horizonte de 20 años, tiene un poder de calentamiento decenas de veces mayor que el dióxido de carbono. Por tanto, el desperdicio de alimentos es un problema grave porque contribuye a la crisis climática.

Por tanto, la concienciación sobre la reducción del desperdicio de alimentos debe formar parte de la alfabetización ecológica, que puede partir del entorno familiar. Planificar las compras, reprocesar las sobras y controlar las porciones del menú de alimentos no son acciones menores. Es una forma concreta de nuestra responsabilidad ecológica.

Lo que tampoco es menos importante es reducir el consumo excesivo de carne. El consumo de carne no es una cuestión de blanco y negro sobre si está permitido o no. La cuestión es la intensidad y la escala.

La producción de carne, especialmente de rumiantes, tiene una huella de carbono mayor que la mayoría de las proteínas vegetales. La producción de carne requiere grandes extensiones de tierra, grandes cantidades de agua y largas cadenas de distribución. Cuando aumenta el consumo de carne, sin control, aumenta la presión sobre el ecosistema.

Sin embargo, reducir el consumo de carne no significa eliminarlo por completo. El principio de moderación es más realista y sostenible que las exigencias de cambios drásticos que a muchas familias les resulta difícil implementar.

En la tradición culinaria indonesia existe una gran variedad de menús diversos a base de verduras. El tempeh, el tofu, los frijoles y diversas verduras locales han sido durante mucho tiempo fuentes alternativas de proteínas. Esta sabiduría alimentaria es realmente relevante en el discurso actual sobre sostenibilidad.

Aquí es donde es importante elegir fuentes de alimentos locales siempre que sea posible. Las cadenas de suministro de alimentos más cortas generalmente significan una distribución más eficiente y una menor huella de carbono. Además, la compra de productos alimenticios locales apoya la sostenibilidad de los agricultores y pequeños productores. Nuestra dependencia de los productos alimenticios importados a menudo no se debe simplemente a la necesidad, sino que más bien está impulsada por preferencias de estilo de vida. De hecho, la comida local no es inferior en calidad y valor nutricional. Esto significa que las decisiones de los consumidores tienen impactos económicos y ecológicos al mismo tiempo.

Elegir fuentes de alimentos locales también fortalece nuestra seguridad alimentaria. Una crisis global, una interrupción logística o las fluctuaciones en los precios internacionales de los alimentos pueden afectar duramente a los países que dependen demasiado del suministro externo de alimentos. Por lo tanto, diversificar y fortalecer la producción local de alimentos debe ser una estrategia racional.

Sin embargo, la diversificación y el fortalecimiento de la producción local de alimentos no se lograrán sin problemas sin una base de conciencia crítica. Aquí es donde el papel de la educación se convierte en un factor clave. Es necesario enseñar a los niños a comprender que la comida no aparece simplemente en la mesa.

Enseñar a los niños a pensar críticamente sobre el sistema alimentario significa presentarles el proceso de producción, la distribución y los impactos ambientales. Se espera que este tipo de conciencia genere empatía. Los niños aprenden a apreciar el trabajo de los agricultores, comprender las temporadas de siembra y darse cuenta de las limitaciones de los recursos naturales. La educación ecológica no se limita a la teoría, sino que surge de la experiencia cotidiana.

Las escuelas pueden fortalecer este proceso a través, por ejemplo, de huertos didácticos, programas de reducción de desechos en comedores o planes de estudio que vinculen la ciencia con las prácticas de producción de alimentos. El hogar se convierte entonces en un espacio para la coherencia de los valores impartidos en las aulas.

Es importante señalar que la educación crítica sobre el sistema alimentario no significa cargar a los niños con sentimientos de culpa. De hecho, enseña responsabilidad proporcional. No se exige que los niños sean perfectos, sino más bien sensibles y reflexivos.

Los padres no tienen por qué transformarse en figuras ascéticas. Lo que se necesita es una ejemplificación gradual. Gastar menos en alimentos, reducir el exceso de compras de alimentos y elegir productos alimenticios locales es la forma más obvia de educación.

En un contexto urbano de clase media, el mayor desafío suele ser la comodidad. Los servicios de pedido de alimentos con un modelo de entrega instantánea, la promoción del consumo excesivo de alimentos y una cultura acelerada fomentan el comportamiento impulsivo. Sin conciencia, desperdiciar comida se convierte en un hábito.

Por lo tanto, cambiar los patrones de consumo requiere disciplina colectiva. Los medios de comunicación, las instituciones educativas y el gobierno pueden desempeñar un papel a través de campañas y regulaciones relativas a los alimentos. Sin embargo, la transformación más efectiva comienza en casa.

Reducir el desperdicio de alimentos y reducir el consumo excesivo de carne también tiene un impacto en la salud. Se ha demostrado que una dieta equilibrada con predominio de alimentos de origen vegetal reduce el riesgo de diversas enfermedades no transmisibles. Así, la agenda ecológica está alineada con la agenda de salud pública.

La elección de fuentes locales de alimentos también tiene una dimensión social. Mantiene la sostenibilidad de la economía rural y reduce la brecha entre productores y consumidores. Cuando la cadena de distribución de alimentos es demasiado larga, el valor agregado a menudo no regresa a los agricultores.

Un sistema alimentario justo es un sistema transparente. Los consumidores conocen el origen de sus productos, mientras que los productores obtienen un precio justo. La educación crítica ayuda a las generaciones más jóvenes a comprender las relaciones de poder en la cadena alimentaria.

No podemos cerrar los ojos ante el hecho de que el cambio individual por sí solo no es suficiente. Todavía se necesitan políticas públicas para mejorar nuestra gobernanza alimentaria, gestión de residuos y subsidios agrícolas. Lo que pasa es que las buenas políticas requieren personas que también sean conscientes.

Esta conciencia surge de pequeños hábitos que se repiten todos los días. Por ejemplo, terminar la comida del plato, elegir suficientes guarniciones o comprar en el mercado local son acciones sencillas y llenas de significado.

A largo plazo, estos hábitos ayudan a formar el carácter. Los niños que están acostumbrados a apreciar la comida serán más sensibles a las cuestiones de justicia y sostenibilidad. Aprende que cada elección tiene consecuencias.

En última instancia, el sistema alimentario no es sólo una cuestión de estómagos. Es una parte inseparable de las relaciones humanas con la naturaleza. Cuando la relación es de explotación, una crisis ambiental se vuelve inevitable.

Por el contrario, cuando la relación se basa en la moderación y la responsabilidad, es más probable que se logre el equilibrio. Lihat juga edc4. Reducir el desperdicio de alimentos y el consumo excesivo es una manifestación concreta de esta responsabilidad.

En medio de diversos desafíos ecológicos, la mesa del comedor puede convertirse en un espacio de transformación. A partir de ahí, la conciencia ecológica, la justicia social y la responsabilidad intergeneracional pueden crecer de forma orgánica y sostenible.

*) La buena suerte de Wulandari es el fundador Karas, activista y observador de cuestiones ambientales



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