Mataram (ANTARA) – En medio del eco de la explosión que atravesó el cielo de Teherán, se escuchó otro eco desde el interior del país. No es la voz de los misiles, sino la voz de la moral.
Cuando los ataques militares de Estados Unidos e Israel afectaron a Irán a finales de febrero de 2026 y mataron a cientos de personas, incluido el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, las dos organizaciones islámicas más grandes de Indonesia, Nahdlatul Ulama y Muhammadiyah, condenaron enérgicamente.
Ambas actitudes no fueron solo reacciones emocionales. Refleja ansiedad por un orden mundial cada vez más frágil. Los datos muestran que al menos 555 personas murieron como resultado de los ataques aéreos combinados.
Los ataques tuvieron como objetivo más de 2.000 objetivos, incluidas zonas residenciales. La escalada luego se amplió cuando Irán respondió con ataques contra varias bases militares estadounidenses en la región del Golfo.
En Indonesia, la respuesta fue interpretada no sólo como un conflicto geopolítico, sino también como una prueba de los valores humanitarios y del derecho internacional.
NU dijo que el ataque fue brutal y tenía el potencial de desencadenar un conflicto global incontrolable. Muhammadiyah considera que esto es una violación de los derechos humanos y un desprecio por las decisiones de las Naciones Unidas (ONU).
En el contexto de una nación que tiene a Pancasila como base, esta crítica contiene un mensaje más profundo. Esto no es sólo ponerse del lado de un país, sino más bien una afirmación de que la violencia no es la manera de solucionarlo.
Moral religiosa
Hasta ahora, Nahdlatul Ulama y Muhammadiyah han sido vistos a menudo como los pilares de la moderación islámica en Indonesia. En diversas cuestiones humanitarias globales, incluido el conflicto palestino, ambos casi siempre están presentes con una voz firme pero mesurada.
Cuando se produjo la escalada por los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, la actitud de estas dos organizaciones volvió a estar en el punto de mira, aunque esta vez las dimensiones parecieron más complejas.
La primera es una cuestión de humanidad. Cientos de muertes, incluidas civiles, plantean serias dudas sobre la proporcionalidad del uso de la fuerza y el cumplimiento del derecho internacional humanitario.
En tal situación, la voz de las organizaciones comunitarias religiosas se vuelve importante como recordatorio de que la guerra no es sólo una cuestión de estrategia y geopolítica, sino más bien una tragedia humanitaria con consecuencias sociales a largo plazo.
La segunda dimensión tiene que ver con la estabilidad global. El cierre del Estrecho de Ormuz generó preocupación mundial. Alrededor del 20 por ciento del consumo mundial de petróleo pasa por esta ruta.
Cuando se interrumpe el acceso, el impacto no se detiene en la región del Golfo, sino que se extiende a los precios de la energía, la inflación y las necesidades básicas en muchos países, incluida Indonesia. En un panorama económico interconectado, los conflictos regionales pueden convertirse en shocks globales en cuestión de días.
La tercera dimensión es directa y concreta para Indonesia. Los datos de la Embajada de Indonesia en Teherán registraron que 329 ciudadanos indonesios se encontraban en Irán. Al mismo tiempo, el Sistema Computarizado de Gestión de la Umrah y el Hajj Especial muestra que alrededor de 58.873 peregrinos indonesios de la Umrah todavía se encuentran en Arabia Saudita.
El cierre del espacio aéreo y la interrupción de los vuelos muestran cómo conflictos que parecen geográficamente distantes pueden convertirse en problemas internos urgentes.
En este punto, las críticas a NU y Muhammadiyah no son mera retórica moral. Está conectado con los intereses nacionales. Las organizaciones religiosas expresan preocupaciones éticas y humanitarias, mientras que los Estados deben garantizar una protección real a sus ciudadanos. Existe un puente entre valores y políticas.
Curiosamente, las dos organizaciones no se limitaron a la condena. Muhammadiyah está presionando para que las Naciones Unidas y la Organización de Cooperación Islámica tomen medidas concretas para detener la violencia.
NU llama a la consolidación internacional para que se restablezca el orden global a través de mecanismos de diálogo y el derecho internacional. Los mensajes que transmiten convergen en un punto: la importancia de la desescalada.
Aquí es donde radica su peculiaridad. Las organizaciones religiosas en Indonesia no están atrapadas en una retórica de confrontación que amplía la brecha.
Criticaron el ataque, que se consideró violatorio de los principios humanitarios, pero al mismo tiempo advirtieron que una respuesta que tenía el potencial de ampliar el conflicto no era una opción.
Este enfoque refleja el carácter del Islam indonesio, que rechaza el extremismo y prioriza el camino intermedio como base para la paz.
Papel global
La postura de NU y Muhammadiyah está en línea con la constitución que enfatiza que Indonesia participa en la implementación del orden mundial basado en la independencia, la paz eterna y la justicia social. El Presidente de la República de Indonesia incluso manifestó su disposición a facilitar el diálogo si las partes en conflicto así lo acordaban.
Pero la diplomacia no es una cuestión sencilla. Este conflicto involucra importantes intereses estratégicos, que van desde cuestiones nucleares hasta rivalidades regionales. En tal situación, la posición de Indonesia como país no alineado y con la mayor población musulmana del mundo puede convertirse en capital diplomático.
Lo que se necesita es coherencia. Indonesia necesita intensificar la comunicación con países clave, utilizar foros multilaterales y garantizar que la voz de la paz siga siendo escuchada. Al mismo tiempo, la protección de los ciudadanos indonesios debe ser una prioridad sin concesiones.
A nivel interno, esta crisis también se ha convertido en un impulso para fortalecer la resiliencia nacional. La dependencia de la energía importada, la vulnerabilidad de los sectores de viajes de la Umrah y el Hajj y las fluctuaciones del mercado significan que la agitación global puede extenderse fácilmente al espacio interno.
Las políticas de diversificación energética, el fortalecimiento de las reservas estratégicas y el fortalecimiento de la alfabetización pública sobre la información sobre crisis son parte de la solución a largo plazo.
Las organizaciones religiosas desempeñan un papel importante a la hora de mantener la atmósfera pacífica. En medio del rápido flujo de información y la posible polarización, NU y Muhammadiyah pueden actuar como amortiguadores para que la solidaridad no se convierta en sentimientos de odio.
La educación pública sobre la importancia de la paz y el respeto del derecho internacional es una contribución real a la estabilidad nacional.
La condena firme de los ataques no es el objetivo final. Es una puerta de entrada a una mayor reflexión sobre cómo se debe gestionar el mundo. Si se responde a cada conflicto con mayor fuerza, entonces el ciclo de violencia nunca se romperá.
Indonesia, a través de la voz de su Estado y de sus organizaciones de masas, tiene la oportunidad de demostrar que siempre hay otro camino. El camino del diálogo, el camino de la diplomacia, el camino de la humanidad. El desafío era asegurarse de que el sonido no fuera ahogado por el estampido de las armas.
En medio de un mundo que se está calentando nuevamente, la pregunta básica es simple. ¿Vamos a dejar que la ley de la selva domine el orden global o seguiremos luchando por un orden civilizado?
La respuesta a esta pregunta no sólo determinará la dirección del conflicto en Medio Oriente, sino también el futuro del orden mundial por el que hemos estado luchando juntos.


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