Cuestionando la «Guerra Santa» del conflicto iraní

 | Nalar Politik,Iran,Pertahanan,politik internasional

📂 Categoría: Nalar Politik,Iran,Pertahanan,politik internasional | 📅 Fecha: 1775876609

🔍 En este artículo:

Escuche este artículo.

Este audio está creado con tecnología AI.

Cuando la guerra ya no es sólo una estrategia, sino que se convierte en un mandato sagrado, lo que está en juego no sólo es la victoria, sino también la capacidad humana para reducir la escalada del conflicto.


PinterPolitik.com

Antes de que los aviones de combate despegaran de una base en el Golfo, algo sucedió en la sala de reuniones que fue más inquietante que el sonido de un motor turbofan: un comandante dijo a sus soldados que el ataque que estaban a punto de emprender era parte del plan divino de Dios. Cita las Escrituras. Llamó a su líder la figura ungida para encender las llamas del Armagedón en el campo de batalla.

En otro informe, se incluyeron más de 110 quejas en un informe de la Fundación Militar para la Libertad Religiosa de soldados que prestaban servicios en el Medio Oriente a principios de 2026, mientras que varios altos funcionarios de defensa fueron acusados ​​de utilizar lenguaje bíblico en foros oficiales para enmarcar el conflicto como una tarea con tintes divinos. Por otro lado, desde Teherán también continúan fluyendo narrativas de shahada y mesianismo, como si la legitimidad trascendente fuera el combustible final que mantiene encendida la guerra.

Esto es lo que hace que el conflicto con Irán no sea simplemente un choque de intereses estratégicos. Hay otra capa que funciona más profundamente: la capa de significado. Cuando los actores políticos y militares utilizan el lenguaje religioso para explicar, justificar y movilizar la guerra, no es sólo su forma de hablar lo que cambia. Lo que cambió fue la forma en que el público, los soldados y los oponentes entendían la guerra. La guerra ya no es sólo una cuestión de territorio, seguridad o disuasión. Fue ascendido a una pelea que se consideraba que involucraba la verdad moral más elevada.

El problema no es la creencia en sí. El problema surge cuando la creencia se utiliza como herramienta de movilización sin restricciones éticas. En ese momento, la doctrina que debería guiar puede convertirse en un acelerador. Y cuando eso sucede, la guerra se vuelve mucho más difícil de detener, porque la retirada ya no se considera sólo un cambio de estrategia, sino más bien una reducción de la dignidad o incluso una traición a algo que se cree sagrado.

La guerra justaPatrones que siempre se repiten

En realidad, este fenómeno es muy antiguo. En la historia de la humanidad, la guerra casi siempre ha requerido una legitimidad que va más allá de los cálculos militares. De Esparta en las Termópilas, Guerra ReconquistaHasta los conflictos modernos de Oriente Medio, los combatientes rara vez se movían simplemente por órdenes. Se movieron porque estaban convencidos de que su sacrificio tenía un significado mayor. En el mundo antiguo, los guerreros espartanos no sólo luchaban como herramientas del Estado, sino como parte de una orden de honor vinculada a poderes divinos, incluido Ares como símbolo de guerra y valor. Lo que se heredó de esa época no fue sólo su coraje, sino también su forma de pensar: la guerra parecía más factible si se colocaba en un marco sagrado.

Este patrón persistió durante miles de años. En diversas civilizaciones, el lenguaje religioso o semireligioso siempre ha sido un vehículo para dar peso moral a la violencia. En la tradición guerra justa (guerra verdadera), por ejemplo, la guerra nunca se entiende como libertad ilimitada para destruir al oponente. Por el contrario, la guerra sólo es legítima si cumple ciertas condiciones: causas justas, intenciones correctas, autoridad legítima y restricciones proporcionales. Esto es importante, porque muestra que los valores morales funcionan inicialmente como un freno, no como un acelerador.

Pero en el conflicto de Irán, y en muchas otras guerras modernas, suele ocurrir lo contrario. Los valores morales ya no se utilizan para limitar la guerra, sino para ampliarla. Cuando los líderes hablan como si representaran un mandato superior, la guerra pasa de ser una decisión política a una misión. Y si la guerra se ha convertido en una misión, no es fácil cuestionarla. En su forma más extrema, los oponentes ya no son vistos como partes con intereses diferentes, sino como amenazas al orden cósmico que deben combatirse hasta el final.

Aquí podemos ver por qué las narrativas religiosas son tan efectivas. Proporciona tres beneficios a la vez. En primer lugar, fortalece la cohesión interna. Los soldados, los partidarios y el público se conmueven más fácilmente si sienten que están defendiendo algo sagrado. En segundo lugar, reduce los costos psicológicos de la guerra. La violencia se vuelve más aceptable cuando se enmarca como una obligación moral. En tercer lugar, reduce el espacio para el compromiso. Una vez que la guerra se entiende como una lucha entre el bien y el mal final, la negociación pasa a ser vista como una debilidad, no como una sabiduría.

Esto es lo que Mark Juergensmeyer llamó guerra cósmica: una guerra que ya no se lee como un conflicto ordinario, sino más bien como una lucha cósmica entre el bien y el mal. En situaciones como ésta, el lenguaje de la paz a menudo queda eclipsado por el lenguaje de la victoria. El alto el fuego no es sólo una pausa táctica, sino una cuestión moral. Las concesiones ya no son resultado de la diplomacia, sino del riesgo de perder legitimidad. Y cuando Estados-nación con flotas de guerra, programas nucleares y máquinas de propaganda modernas utilizan un lenguaje como éste, el impacto es enorme.

José Casanova ayuda a explicar por qué esto es aún más visible en la era moderna. La modernización no elimina automáticamente la religión de la esfera pública. Lo que sucede a menudo no es una desaparición, sino un cambio de función. La religión no siempre está atrasada; podría regresar en una forma más política, más simbólica y más estratégica. En los conflictos modernos, las élites suelen apropiarse de los símbolos religiosos para llenar el vacío de legitimidad. Mientras que el lenguaje tecnocrático resulta frío y el lenguaje nacionalista parece ordinario, el lenguaje sagrado proporciona una resonancia mucho más profunda.

Pero detrás de esa eficacia hay serios peligros. Cuanto mayor sea el reclamo de legitimidad, más caros serán los costos de la retirada. Un líder que ha enmarcado la guerra como parte de un mandato divino tendrá dificultades para explicar por qué debería detenerla. Un comandante que ha vinculado las operaciones militares con la voluntad de Dios enfrentará presión para seguir adelante, incluso cuando la situación estratégica cambie. Aquí es donde la guerra se vuelve peligrosa no sólo por las armas, sino también por la narrativa.

Por lo tanto, lo que hay que criticar no es la fe, sino a los usuarios de la doctrina religiosa que la utilizan como herramienta de escalada. En muchas tradiciones, los valores religiosos en realidad enfatizan el autocontrol, la protección de los débiles y la limitación de la violencia. Lo que causa problemas es cuando estos valores se utilizan de forma selectiva: se toman como símbolos, se liberan de sus frenos éticos y luego se dirigen a justificar la violencia previamente decidida. En ese punto, lo que está en juego ya no es la profundidad espiritual, sino más bien la instrumentalización del lenguaje sagrado.

Deberían ser barandillas, no combustible

El conflicto de Irán muestra una realidad dura pero importante: la guerra siempre se libra en dos frentes a la vez, a saber, el campo de las armas y el campo del significado. Quien quiera entender este conflicto únicamente a través de los movimientos de tropas se perderá la mitad del panorama. Por otro lado, quien sólo lea símbolos religiosos sin fijarse en los actores y su importancia, también perderá el contexto. Lo que hace que este conflicto sea difícil de resolver es precisamente la confluencia de ambos: el poder militar moderno combinado con una narrativa que exige total obediencia moral.

Por tanto, la reflexión más útil no es rechazar la dimensión religiosa en la historia de la guerra, porque la historia demuestra que siempre ha estado ahí. Una reflexión más útil es comprender cómo y quién la utiliza. Si los valores religiosos se utilizan como valla, pueden evitar que la guerra llegue demasiado lejos. Pero si se utiliza como combustible, puede convertir el conflicto político en una guerra que parece absoluta, no negociable, difícil de poner fin y puede crear una polarización masiva dentro del propio país que en realidad perjudica a los líderes que explotan esta narrativa de significado.

La larga historia desde las Termópilas hasta el Medio Oriente actual muestra que los humanos han hecho repetidamente lo mismo: buscar un lenguaje superior para justificar la violencia muy mundana. Por eso debemos estar alerta cuando la guerra empiece a ser llamada santa. No porque la pureza en sí misma sea peligrosa, sino porque la etiqueta puede cerrar el espacio de preguntas.

Como nos recordó una vez Hannah Arendt: “La violencia puede destruir el poder, pero es absolutamente incapaz de crearlo.«La violencia puede destruir, pero no puede construir una legitimidad duradera. En el contexto del conflicto de Irán, esta frase proporciona una claridad simple: si la guerra continúa siendo impulsada por afirmaciones de verdad incuestionables, lo que surgirá no será la paz, sino un ciclo de escalada que es cada vez más difícil de detener. (D74)

Escuche este artículo.

Este audio está creado con tecnología AI.

Cuando la guerra ya no es sólo una estrategia, sino que se convierte en un mandato sagrado, lo que está en juego no sólo es la victoria, sino también la capacidad humana para reducir la escalada del conflicto.


PinterPolitik.com

Antes de que los aviones de combate despegaran de una base en el Golfo, algo sucedió en la sala de reuniones que fue más inquietante que el sonido de un motor turbofan: un comandante dijo a sus soldados que el ataque que estaban a punto de emprender era parte del plan divino de Dios. Cita las Escrituras. Llamó a su líder la figura ungida para encender las llamas del Armagedón en el campo de batalla.

En otro informe, se incluyeron más de 110 quejas en un informe de la Fundación Militar para la Libertad Religiosa de soldados que prestaban servicios en el Medio Oriente a principios de 2026, mientras que varios altos funcionarios de defensa fueron acusados ​​de utilizar lenguaje bíblico en foros oficiales para enmarcar el conflicto como una tarea con tintes divinos. Por otro lado, desde Teherán también continúan fluyendo narrativas de shahada y mesianismo, como si la legitimidad trascendente fuera el combustible final que mantiene encendida la guerra.

Esto es lo que hace que el conflicto con Irán no sea simplemente un choque de intereses estratégicos. Hay otra capa que funciona más profundamente: la capa de significado. Cuando los actores políticos y militares utilizan el lenguaje religioso para explicar, justificar y movilizar la guerra, no es sólo su forma de hablar lo que cambia. Lo que cambió fue la forma en que el público, los soldados y los oponentes entendían la guerra. La guerra ya no es sólo una cuestión de territorio, seguridad o disuasión. Fue ascendido a una pelea que se consideraba que involucraba la verdad moral más elevada.

El problema no es la creencia en sí. El problema surge cuando la creencia se utiliza como herramienta de movilización sin restricciones éticas. En ese momento, la doctrina que debería guiar puede convertirse en un acelerador. Y cuando eso sucede, la guerra se vuelve mucho más difícil de detener, porque la retirada ya no se considera sólo un cambio de estrategia, sino más bien una reducción de la dignidad o incluso una traición a algo que se cree sagrado.

La guerra justaPatrones que siempre se repiten

En realidad, este fenómeno es muy antiguo. En la historia de la humanidad, la guerra casi siempre ha requerido una legitimidad que va más allá de los cálculos militares. De Esparta en las Termópilas, Guerra ReconquistaHasta los conflictos modernos de Oriente Medio, los combatientes rara vez se movían simplemente por órdenes. Se movieron porque estaban convencidos de que su sacrificio tenía un significado mayor. En el mundo antiguo, los guerreros espartanos no sólo luchaban como herramientas del Estado, sino como parte de una orden de honor vinculada a poderes divinos, incluido Ares como símbolo de guerra y valor. Lo que se heredó de esa época no fue sólo su coraje, sino también su forma de pensar: la guerra parecía más factible si se colocaba en un marco sagrado.

Este patrón persistió durante miles de años. En diversas civilizaciones, el lenguaje religioso o semireligioso siempre ha sido un vehículo para dar peso moral a la violencia. En la tradición guerra justa (guerra verdadera), por ejemplo, la guerra nunca se entiende como libertad ilimitada para destruir al oponente. Por el contrario, la guerra sólo es legítima si cumple ciertas condiciones: causas justas, intenciones correctas, autoridad legítima y restricciones proporcionales. Esto es importante, porque muestra que los valores morales funcionan inicialmente como un freno, no como un acelerador.

Pero en el conflicto de Irán, y en muchas otras guerras modernas, suele ocurrir lo contrario. Los valores morales ya no se utilizan para limitar la guerra, sino para ampliarla. Cuando los líderes hablan como si representaran un mandato superior, la guerra pasa de ser una decisión política a una misión. Y si la guerra se ha convertido en una misión, no es fácil cuestionarla. En su forma más extrema, los oponentes ya no son vistos como partes con intereses diferentes, sino como amenazas al orden cósmico que deben combatirse hasta el final.

Aquí podemos ver por qué las narrativas religiosas son tan efectivas. Proporciona tres beneficios a la vez. En primer lugar, fortalece la cohesión interna. Los soldados, los partidarios y el público se conmueven más fácilmente si sienten que están defendiendo algo sagrado. En segundo lugar, reduce los costos psicológicos de la guerra. La violencia se vuelve más aceptable cuando se enmarca como una obligación moral. En tercer lugar, reduce el espacio para el compromiso. Una vez que la guerra se entiende como una lucha entre el bien y el mal final, la negociación pasa a ser vista como una debilidad, no como una sabiduría.

Esto es lo que Mark Juergensmeyer llamó guerra cósmica: una guerra que ya no se lee como un conflicto ordinario, sino más bien como una lucha cósmica entre el bien y el mal. En situaciones como ésta, el lenguaje de la paz a menudo queda eclipsado por el lenguaje de la victoria. El alto el fuego no es sólo una pausa táctica, sino una cuestión moral. Las concesiones ya no son resultado de la diplomacia, sino del riesgo de perder legitimidad. Y cuando Estados-nación con flotas de guerra, programas nucleares y máquinas de propaganda modernas utilizan un lenguaje como éste, el impacto es enorme.

José Casanova ayuda a explicar por qué esto es aún más visible en la era moderna. La modernización no elimina automáticamente la religión de la esfera pública. Lo que sucede a menudo no es una desaparición, sino un cambio de función. La religión no siempre está atrasada; podría regresar en una forma más política, más simbólica y más estratégica. En los conflictos modernos, las élites suelen apropiarse de los símbolos religiosos para llenar el vacío de legitimidad. Mientras que el lenguaje tecnocrático resulta frío y el lenguaje nacionalista parece ordinario, el lenguaje sagrado proporciona una resonancia mucho más profunda.

Pero detrás de esa eficacia hay serios peligros. Cuanto mayor sea el reclamo de legitimidad, más caros serán los costos de la retirada. Un líder que ha enmarcado la guerra como parte de un mandato divino tendrá dificultades para explicar por qué debería detenerla. Un comandante que ha vinculado las operaciones militares con la voluntad de Dios enfrentará presión para seguir adelante, incluso cuando la situación estratégica cambie. Aquí es donde la guerra se vuelve peligrosa no sólo por las armas, sino también por la narrativa.

Por lo tanto, lo que hay que criticar no es la fe, sino a los usuarios de la doctrina religiosa que la utilizan como herramienta de escalada. En muchas tradiciones, los valores religiosos en realidad enfatizan el autocontrol, la protección de los débiles y la limitación de la violencia. Lo que causa problemas es cuando estos valores se utilizan de forma selectiva: se toman como símbolos, se liberan de sus frenos éticos y luego se dirigen a justificar la violencia previamente decidida. En ese punto, lo que está en juego ya no es la profundidad espiritual, sino más bien la instrumentalización del lenguaje sagrado.

Deberían ser barandillas, no combustible

El conflicto de Irán muestra una realidad dura pero importante: la guerra siempre se libra en dos frentes a la vez, a saber, el campo de las armas y el campo del significado. Quien quiera entender este conflicto únicamente a través de los movimientos de tropas se perderá la mitad del panorama. Por otro lado, quien sólo lea símbolos religiosos sin fijarse en los actores y su importancia, también perderá el contexto. Lo que hace que este conflicto sea difícil de resolver es precisamente la confluencia de ambos: el poder militar moderno combinado con una narrativa que exige total obediencia moral.

Por tanto, la reflexión más útil no es rechazar la dimensión religiosa en la historia de la guerra, porque la historia demuestra que siempre ha estado ahí. Una reflexión más útil es comprender cómo y quién la utiliza. Si los valores religiosos se utilizan como valla, pueden evitar que la guerra llegue demasiado lejos. Pero si se utiliza como combustible, puede convertir el conflicto político en una guerra que parece absoluta, no negociable, difícil de poner fin y puede crear una polarización masiva dentro del propio país que en realidad perjudica a los líderes que explotan esta narrativa de significado.

La larga historia desde las Termópilas hasta el Medio Oriente actual muestra que los humanos han hecho repetidamente lo mismo: buscar un lenguaje superior para justificar la violencia muy mundana. Por eso debemos estar alerta cuando la guerra empiece a ser llamada santa. No porque la pureza en sí misma sea peligrosa, sino porque la etiqueta puede cerrar el espacio de preguntas.

Como nos recordó una vez Hannah Arendt: “La violencia puede destruir el poder, pero es absolutamente incapaz de crearlo.«La violencia puede destruir, pero no puede construir una legitimidad duradera. En el contexto del conflicto de Irán, esta frase proporciona una claridad simple: si la guerra continúa siendo impulsada por afirmaciones de verdad incuestionables, lo que surgirá no será la paz, sino un ciclo de escalada que es cada vez más difícil de detener. (D74)

💡 Puntos Clave

  • Este artículo cubre aspectos importantes sobre Nalar Politik,Iran,Pertahanan,politik internasional
  • Información verificada y traducida de fuente confiable
  • Contenido actualizado y relevante para nuestra audiencia

📚 Información de la Fuente

📰 Publicación: www.pinterpolitik.com
✍️ Autor: D74
📅 Fecha Original: 2026-04-11 03:00:00
🔗 Enlace: Ver artículo original

Nota de transparencia: Este artículo ha sido traducido y adaptado del inglés al español para facilitar su comprensión. El contenido se mantiene fiel a la fuente original, disponible en el enlace proporcionado arriba.

📬 ¿Te gustó este artículo?

Tu opinión es importante para nosotros. Comparte tus comentarios o suscríbete para recibir más contenido histórico de calidad.

💬 Dejar un comentario