La historia de la Copa del Mundo está plagada de interferencias políticas –y políticos– en el fútbol.
Durante casi un siglo, líderes desde el dictador italiano Benito Mussolini hasta el jefe de la junta militar argentina, Jorge Videla, y el presidente francés Jacques Chirac intentaron sumar puntos políticos con el torneo.
La competición de este año tampoco es la primera vez que se ve ensombrecida por un conflicto. Corea del Norte intentó culminar el evento en 2002 con un sangriento ataque naval a Corea del Sur y la Guerra de las Malvinas entre Inglaterra y Argentina en el período previo a la Copa del Mundo de 1982.
En 1934, Mussolini vio ganar la Copa del Mundo como una forma de simbolizar la fuerza de Italia. El dictador brasileño Emílio Médici dijo que la victoria de 1970 era una prueba de la grandeza de su país. Los recuerdos de las Malvinas proporcionan un contexto complejo al partido de Inglaterra contra Argentina en 1986, uno de los partidos más famosos en la historia del torneo.
Más recientemente, Chirac se describió a sí mismo como un gran admirador del equipo nacional francés de 1998, todo conquistador y racialmente diverso. Vladimir Putin aprovechó el torneo de 2018 para proyectar el poder blando ruso, mientras que la petromonarquía del Golfo Qatar está utilizando la edición de 2022 como parte de un gran proyecto de construcción nacional.
Y este año, la política del MAGA (guerras extranjeras en curso y medidas enérgicas contra la inmigración nacional) está atacando nuevamente al organismo rector del fútbol, la FIFA.
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