Durante décadas, Irán definió la victoria en términos amplios: exportar la revolución, derrocar el poder estadounidense y, en última instancia, eliminar a Israel. Hoy, bajo una persistente presión militar, sus líderes hacen afirmaciones mucho más limitadas. La supervivencia misma (resistir el ataque, evitar la rendición, permanecer intacto) se presenta cada vez más como una victoria.
Esto es más que una mera retórica de tiempos de guerra. Esto marcó un cambio en la forma en que el régimen entendía su propio poder, éxito y objetivos. Un país que anteriormente intentó reformar esta región, ahora intenta no darse por vencido por ello.
Durante décadas, Irán definió la victoria en términos amplios: exportar la revolución, derrocar el poder estadounidense y, en última instancia, eliminar a Israel. Hoy, bajo una persistente presión militar, sus líderes hacen afirmaciones mucho más limitadas. La supervivencia misma (resistir el ataque, evitar la rendición, permanecer intacto) se presenta cada vez más como una victoria.
Esto es más que una mera retórica de tiempos de guerra. Esto marcó un cambio en la forma en que el régimen entendía su propio poder, éxito y objetivos. Un país que anteriormente intentó reformar esta región, ahora intenta no darse por vencido por ello.
El lenguaje de los dirigentes iraníes refleja estos cambios con extraordinaria claridad. El presidente Masoud Pezeshkian ha rechazado la idea de la rendición, y afirmó que los enemigos de Irán deberían aceptar sus exigencias de “rendición incondicional… hasta la muerte”. En junio pasado, el Líder Supremo Ali Jamenei insistió en que Teherán no “cedería ante nadie bajo presión”, aun cuando afirmó que el ataque estadounidense a las instalaciones nucleares de Irán ese mes “no hizo nada”.
El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, describió el éxito en términos más comedidos pero también abiertos, argumentando que la guerra debe terminar de manera que impida al enemigo contemplar otro ataque. El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, habló de una “victoria histórica” que surgió de la resistencia y resiliencia del pueblo. En conjunto, estas declaraciones no describen la victoria en ningún sentido estratégico convencional: ganancias territoriales, resultados militares decisivos o la realización de objetivos bélicos declarados. En cambio, colectivamente redefinen ganar como evitar la derrota. Sobrevivir significa ganar.
Este replanteamiento se ve reforzado por un cambio paralelo en la forma en que los líderes iraníes describen a los enemigos que durante mucho tiempo han tratado de deslegitimar. Durante décadas, la retórica de la República Islámica se ha basado en subestimar el poder de Estados Unidos e Israel. Israel es retratado como una entidad transitoria –destinada a desaparecer dentro de una generación– mientras que Estados Unidos es retratado como una potencia en declive y en última instancia ineficaz, incapaz de ofrecer una resistencia decidida.
Sin embargo, en la guerra actual, el lenguaje ha cambiado ligeramente. Estados Unidos aparece ahora en el discurso iraní no como un imperio que se debilita, sino como una potencia capaz de exigir la rendición, mientras que Israel no es tratado como una anomalía condenada al colapso sino como un enemigo formidable y operativamente eficaz. El cambio es sorprendente: un régimen que alguna vez negó la resiliencia de sus enemigos ahora la afirma implícitamente. Cuanto mayor sea la fuerza reconocida del enemigo, más significativa será la supervivencia como victoria.
Esta lógica no es nada nuevo. Pero ésta no es la lógica del Estado. Históricamente, la ecuación entre supervivencia y victoria ha caracterizado a las organizaciones militantes no estatales que operan en condiciones altamente asimétricas.
El líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah, antes de ser asesinado por Israel en 2024, a menudo articuló ese principio con una claridad inusual: «No perdemos. Cuando ganamos, ganamos, y cuando enfrentamos el martirio, nos levantamos victoriosos». En esa línea, destacó que «el martirio es el determinante de la victoria». Incluso después de una guerra devastadora, los funcionarios de Hezbollah han atribuido su éxito simplemente al hecho de que la organización pudo sobrevivir, afirmando que había “triunfado sobre la máquina asesina de Israel”. Los líderes de Hamás también utilizan un vocabulario similar, reconociendo la derrota y reformulándola como un revés temporal en una lucha más larga, cuya continuación conducirá al éxito. En todos estos casos, la victoria no depende de la capacidad de determinar los resultados, sino que depende de la perseverancia, el sacrificio y la supervivencia.
Cuando un país adopta este marco, hay algo más fundamental en juego. El Estado no es simplemente una organización que busca perseverancia. Son entidades políticas definidas por su capacidad para determinar resultados: militares, territoriales, económicos e ideológicos. Redefinir la victoria como supervivencia significa en realidad reducir el umbral del éxito al estado mínimo de existencia. Esto significa ignorar los criterios utilizados habitualmente para medir el poder estatal.
En el caso de Irán, estos cambios están en conflicto directo con la lógica fundacional de la República Islámica. La revolución de 1979 no fue entendida como un proyecto de supervivencia, sino como una visión amplia y transformadora. El nuevo régimen pretende no sólo gobernar Irán sino remodelar la región: exportar la revolución, enfrentar la dominación occidental y eliminar la influencia (y en algunos casos incluso la existencia) de estados rivales. Esta es una ambición maximalista. Definen el éxito en términos de transformación, no de resiliencia.
Vista desde esta perspectiva, la retórica actual muestra una contracción muy grande. Un régimen que alguna vez prometió una transformación regional ahora canta victoria con su tenacidad. Un sistema que se definió a sí mismo a través de la expansión ahora se define a sí mismo a través de la supervivencia.
Esta contradicción se vuelve aún más aguda considerando la realidad del conflicto actual. Irán está bajo ataque directo de dos países cuya legitimidad ha negado durante mucho tiempo. Estados Unidos continúa proyectando un poder extraordinario. Israel, a quien los líderes de Irán han prometido repetidamente eliminar, no sólo sobrevive sino que también opera con un alcance cada vez mayor dentro de Irán.
En este contexto, la retórica de la supervivencia comienza a parecerse menos a la resiliencia y más a la racionalización. Reclamar victoria porque aún no hemos colapsado es reconocer implícitamente que el colapso es una posibilidad real. Esto es para medir el éxito no en función de sus propias ambiciones, sino de las expectativas de su oponente.
Las implicaciones de estos cambios son más que mera retórica. Apuntan a una transformación de la postura estratégica de Irán. A lo largo de los años, Teherán desarrolló un modelo de guerra asimétrica basado en poderes, descentralización y confrontación indirecta. Hoy, bajo una presión continua, elementos de ese modelo parecen estar volviéndose hacia adentro. El comportamiento de Irán en la guerra actual (dependencia de una estructura de mando dispersa, ataques con misiles calibrados y coordinación con milicias aliadas) refleja una estrategia diseñada no para ganar decisivamente, sino más bien para asegurar su supervivencia cuando sea atacado.
Esto indica una reducción de las ambiciones estratégicas. Las guerras por poderes se concibieron inicialmente como una forma de expandir la influencia de Irán hacia el exterior, crear influencia, dar forma al equilibrio regional y promover objetivos ideológicos. Pero a medida que el sistema se ve bajo presión, su lógica subyacente dicta cada vez más el comportamiento de Irán. En lugar de utilizar representantes para proyectar poder, los estados adoptan una postura de representantes: evitar la confrontación directa, recibir golpes e imponer costos sin buscar resultados decisivos. El objetivo pasa de la transformación a la resiliencia.
Una estrategia como esta puede resultar resistente en el corto plazo. Esto complica la planificación del adversario, aumenta el impacto de la escalada y permite al régimen mantener una narrativa de resistencia. Pero esto también tiene consecuencias a largo plazo. Un Estado que se organiza para sobrevivir corre el riesgo de perder la capacidad de moldear su entorno. Las herramientas diseñadas para superar la debilidad (despliegue, negación, persistencia) se convierten en sustitutos de la estrategia, no en instrumentos de debilidad. Con el tiempo, esto probablemente hará que Irán sea menos una potencia revisionista y más un sistema capaz de superar sus propias limitaciones. En este caso, el lenguaje de la supervivencia no es sólo retórica. Esto es estratégico.
De este cambio surge una última ironía. Durante décadas, Irán invirtió fuertemente en el desarrollo de un modelo de guerra por poderes en toda la región, armando, entrenando y moldeando ideológicamente a actores no estatales que operan en condiciones asimétricas. Nunca se esperó que estos grupos lograran una victoria decisiva; su función es defender, acosar e infligir daño manteniendo al mismo tiempo una narrativa de resistencia.
Lo que ahora es visible es el movimiento opuesto: la lógica del poder está empezando a filtrarse nuevamente en el Estado mismo. Ante una presión persistente, la República Islámica ya no parece pensar como un Estado que busca determinar resultados, sino como un actor en red que busca sobrevivir.
Esta transformación tiene implicaciones importantes. El énfasis en la resistencia (absorber los golpes, mantener la continuidad y cantar la victoria a través de la supervivencia) señaló no sólo ajustes tácticos sino también una reducción de los objetivos. Las ambiciones revolucionarias de exportar modelos ideológicos han retrocedido, al igual que los imperativos estatales más convencionales hacia el desarrollo económico y la vitalidad cultural. En cambio, hay un objetivo más sutil: la perseverancia bajo presión. La supervivencia, que alguna vez fue un medio para alcanzar un fin, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma.
Por eso la retórica actual no debe considerarse propaganda rutinaria. Esto refleja una contracción más profunda en el horizonte de acción del régimen. La República Islámica no abandonó sus consignas. Es verdad, les siguen rogando. Sin embargo, esto es cada vez más incapaz de traducirse en resultados. La brecha entre ambición y capacidad se está ampliando, y el lenguaje de la supervivencia es una forma de superarla.
Para un Estado revolucionario, la supervivencia puede ser necesaria. Pero esto no es una victoria. Un régimen que alguna vez buscó reformar la región ahora mide su éxito en función de su capacidad para no ser derrotado por él.




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